Descubre cómo la neuroarquitectura puede ayudarnos a crear hogares que favorezcan el bienestar. El primer paso: reducir el desorden y recuperar la calma visual.
Neuroarquitectura en casa: por qué el orden es el primer paso hacia el bienestar
Nuestra casa es mucho más que el lugar donde vivimos. Es el entorno en el que despertamos, descansamos, trabajamos, compartimos y recuperamos energía.
Y aunque muchas veces pensamos en el diseño de interiores desde lo estético —los muebles, los colores o las tendencias— existe una pregunta mucho más interesante:
¿Cómo nos hace sentir el espacio en el que vivimos?
Ahí comienza la neuroarquitectura.
La neuroarquitectura estudia la relación entre los espacios construidos y nuestra experiencia humana, considerando cómo determinados aspectos del entorno pueden influir en nuestra percepción, nuestras emociones y nuestro comportamiento.
Luz, distribución, sonidos, colores, materiales, naturaleza y estímulos visuales forman parte de esa experiencia.
Pero antes de pensar en cualquiera de ellos, hay algo mucho más básico que podemos observar en nuestra propia casa:
el orden.
El cerebro también “ve” el desorden
Una mesada llena de objetos, una mesa cubierta de cosas pendientes, ropa acumulada o una habitación con demasiados elementos compitiendo visualmente generan información que nuestro cerebro debe procesar.
No significa que una casa tenga que ser minimalista ni parecer vacía.
Significa que necesitamos encontrar un equilibrio entre los objetos que forman parte de nuestra vida y la cantidad de estímulos que nuestro espacio nos presenta constantemente.
Por eso, cuando ordenamos una habitación muchas veces sentimos inmediatamente que “respiramos mejor”.
La arquitectura no cambió.
Los metros cuadrados tampoco.
Lo que cambió fue nuestra percepción del espacio.
Una casa ordenada no es una casa perfecta
Para mí, este punto es fundamental.
Hablar de bienestar en el hogar no significa crear espacios impecables en los que parezca que nadie vive.
Una casa tiene que tener vida.
Tiene que tener libros, recuerdos, objetos que nos representan y todas esas pequeñas cosas que forman parte de nuestra historia.
El objetivo no es eliminar.
El objetivo es diseñar dónde vive cada cosa.
Cuando pensamos correctamente el almacenamiento, las circulaciones y la función de cada ambiente, mantener el orden requiere menos esfuerzo.
Y ahí el diseño de interiores deja de ser solamente estética y empieza a convertirse en una herramienta para mejorar nuestra experiencia cotidiana.
Menos ruido visual, más calma
Uno de los conceptos que más me interesa aplicar en mis proyectos es el de ruido visual.
Podemos tener una habitación preciosa y, sin embargo, sentirla agotadora si existen demasiados objetos, colores, texturas o elementos compitiendo por nuestra atención.
Reducir ese ruido no necesariamente requiere una remodelación.
Podemos empezar por algo mucho más sencillo:
liberar las superficies que utilizamos diariamente; dar un lugar específico a los objetos que usamos con frecuencia; ocultar aquello que necesitamos pero no necesitamos ver; agrupar elementos en lugar de dispersarlos; y dejar deliberadamente algunos espacios vacíos.
Ese último punto es especialmente importante.
El vacío también forma parte del diseño.
No cada pared necesita un cuadro. No cada esquina necesita un objeto. No cada superficie necesita decoración.
Ordenar antes de decorar
Cuando trabajo un espacio, antes de preguntarme qué objeto podría agregar, me interesa preguntarme:
¿Qué podemos quitar?
Es un cambio pequeño en la manera de pensar el diseño, pero puede transformar completamente un ambiente.
Antes de comprar un nuevo mueble o accesorio podemos observar nuestra casa y preguntarnos:
¿Qué veo todos los días que realmente no necesito tener a la vista?
Esa pregunta puede ser el comienzo de una casa mucho más consciente.
Neuroarquitectura, bienestar y longevidad
Cuando hablamos de diseñar para el bienestar y la longevidad, no estamos hablando solamente de incorporar tecnología o materiales sofisticados.
También hablamos de las pequeñas decisiones que repetimos todos los días.
Un dormitorio que favorece el descanso.
Una cocina que facilita hábitos cotidianos.
Una iluminación que acompaña los distintos momentos del día.
Espacios que incorporan naturaleza.
Una distribución que facilita el movimiento.
Y una casa suficientemente organizada para que vivir en ella resulte sencillo.
La longevidad no depende de la arquitectura. Pero podemos preguntarnos algo diferente:
¿Puede nuestra casa acompañar mejor el estilo de vida que queremos tener durante muchos años?
Creo que sí.
Y ese es uno de los principios que más me interesa explorar a través de la neuroarquitectura y el diseño.
Empezar por lo más simple
No necesitamos cambiar toda nuestra casa para empezar a relacionarnos de otra manera con ella.
Podemos elegir hoy una sola superficie.
La mesada de la cocina.
La mesa del comedor.
La mesa de luz.
El vanity del baño.
Vaciarla.
Limpiarla.
Y devolver únicamente aquello que realmente necesitamos o queremos ver.
Después, observar cómo se siente el espacio.
Porque crear una casa que contribuya a nuestro bienestar no siempre comienza con una gran remodelación.
A veces comienza simplemente poniendo nuestra casa en orden.
Anahí Amilivia
Interior Design · Neuroarchitecture · Wellness & Longevity
Miami